JUANA DE ASBAJE Y RAMÍREZ DE SANTILLANA

Sor Juana Inés de la Cruz

Martha Robles* dice de Sor Juana Inés de Cruz: No es casual que, enmudecidas y temerosas hemos sobrevivido las mexicanas, sólo destaqué Sor Juana Inés de la Cruz, un verdadero portento del virreinato. Inclusive en nuestros días, hay pocas mujeres que se atreven a reconocer su propia potencia, levanten su espíritu y esgrimen la voz, la pluma, sus obras o sus actos como un principio purificador.

Sor Juana Inés de la Cruz monja jerónima no sólo exigió el empuje del pensamiento, sino que mezcló la aflicción a su proceso esclarecedor y, no obstante, el acoso eclesial que la hizo adjurar de su indudable conquista sobre la inmovilidad, desarrolló por sí misma una poderosa feminidad que estaba como en tinieblas, amordazada por la Colonia, condenada al silencio y quizá autocomplacida en su estéril resignación.

Conocida como la poetisa mexicana nace en Nepantla el 12 de noviembre de 1648 ó1651, es una niña huérfana que a los tres años de edad aprende casi por si misma a leer en la biblioteca de su abuelo iniciando una precoz aventura intelectual que le permitió asimilar el latín en 20 lecciones.

Hábil adolescente que sabe que para sobrevivir en el más adverso de los medios, debe ganar la simpatía de las mujeres en el poder, para lo cual absorbe hasta en pormenores el juego y galanterías cortesanas, estudiosa de la escolástica, de la ciencia, de las artes y del neoplatonismo.

Dueña de una inusual entereza, sostuvo el derecho de disentir con la misma pasión con la que pugnó en favor de una educación femenina, que tardaría más de dos siglos en instituirse en nuestro país, aunque la igualdad aún esté lejos de la experiencia contemporánea.

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Por su gracia y talento, además de que no se descarta su piedad que la inspiraba una muchacha sola en el mundo, servicial y discreta, fue protegida de Leonor María Carreto, marquesa de Mancera, quien la incorporó a su servicio con el título de “muy querida de la señora virreina”, de cuya corte de honor salió para ingresar al convento.

Ella buscó su libertad personal en las normas estrictas de su aprendizaje y provocó a su pesar el enfrentamiento con el clero y con una forma de ser que la exhortaba a que elevará el pensamiento al cielo, fijará la mirada en el piso y se apartará de las letras para consagrarse por entero a la religión, según exigiera el cauteloso obispo de Puebla, Manuel Fernández de la Cruz, en su misiva firmada con el seudónimo de sor Filotea de la Cruz.

Condición que originó sor Juana Inés de la Cruz transgredirá la norma no declarada al pensar y escribir, al denunciar su opresión en su memorable:

Respuesta a sor Filotea de la Cruz.

[…] Entreme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado de cosas (de las accesorias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba mi salvación; a cuyo primer respecto (como al fin más importante) se dieron y sujetaron la cerviz de todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros.

*Robles, Martha, 1997 Sor Juana Inés de la Cruz, pp. 287-290. Mujeres, Mitos y Diosas, México, ed. Fondo de Cultura Económica.

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